Cuando la suerte endulzo mi camino con el sequito de la felicidad y la bendición del amor que mantenía con esperanza duradera y lealtad sincera me sentía ganador. Casi como aquel trovador al que todos admiran y envidian sin embargo después del concierto, el hombre queda solo, da gracias a ese ser maravilloso que estuvo presente, voltea confundido si fue bueno o malo pero seguro de que todo ha terminado.
No quiero creerlo pero sé que pudo ser mejor no por compromiso a un trato sino porque pudo y no fue. No pude escapar de la derrota final y hoy inmerso de tristeza definitiva me doy cuenta que al horror le sucedió el espanto. Enterado que he perdido lo único que todavía me arraigaba al mundo. Algo más importante que mi vida. Debí continuar. Ir hasta el final. Creer que si podía hacerlo, que si podíamos hacerlo. .
